Yo ingresé al Seminario Menor San José de la Montaña en San Salvador, El Salvador, el 15 de enero de 1968. Y en aquel tiempo, los Padres Jesuitas nos hacían leer las vidas de los santos y leerlas era emocionante. Me ilusionaban las vidas de San Ignacio de Loyola, San Francisco de Asís, San Martín de Porres y San Bernardo de Claraval, pero aquello me parecía una empresa muy difícil de alcanzar, pues consideraba que todos ellos eran perfectos y que no cabía en sus vidas la imperfección ni el pecado.

Por eso, cuando comencé en Roma en el mes de noviembre de 1988 el curso para prepararme como Postulador Diocesano de la Causa de Canonización de Monseñor Óscar Romero, me ayudaron a comprender que los santos son hombres y mujeres que, cargando sus propias imperfecciones y pecados, sus propias historias llenas de sufrimientos y persecuciones, tuvieron un encuentro personal con Jesucristo vivo, el cual cambió sus vidas para siempre y supieron mirar hacia la cruz y amaron a Dios con todo el corazón y a los hermanos por quienes, algunos de ellos, en circunstancias históricas muy concretas dieron sus vidas. Así, unos son declarados santos por la vía de las virtudes heroicas y otros por la vía del martirio.  

“El martirio es un don que Dios concede a pocos de sus hijos, para que llegue a hacerse semejante a su Maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo, asemejándose a él en el derramamiento de su sangre como un acto sublime de amor. Es por ello por lo que la más grande apología del cristianismo es la que da un mártir como máximo testimonio de amor.”   Conceder la vocación al martirio sólo le pertenece a Dios. Los mártires son obra de Dios y viven en su tiempo en medio de circunstancias históricas concretas ante las que proclaman y viven el evangelio y su fe en Jesucristo, hasta dar testimonio de fe con el derramamiento de su sangre.  

Este pequeño libro titulado “Breves Biografías” nos aproxima a las vidas del Padre Rutilio Grande García, S.J. y sus Compañeros Mártires: Manuel Solórzano y Nelson Rutilio Lemus y de Fray Cosme Spessotto, ofm, para que aprendamos a verlos con la simpatía que todos los auténticos amigos de Dios despiertan. “Ellos le entregaron voluntariamente sus vidas a Dios, aunque les fueron arrebatadas sin su consentimiento por personas que, aun siendo enemigas de Dios, son a su vez destinatarios del amor con que fueron a la muerte los mártires, sostenidos por Dios.”  Nos ha tocado vivir una Historia de la Iglesia en El Salvador bañada con la sangre de nuestrose aquí tu párrafo


Mártires, pidamos al Señor que nos regale aprender a vivir esa fidelidad que los condujo a ellos a ser siempre fieles.