El Padre Rutilio Grande S. J., nació en la Villa de El Paisnal, San Salvador, El Salvador, el 5 de julio de 1928 . Es el último hijo de Salvador Grande y Cristina García, quienes procrearon cinco hijos de los que Flavio que era el mayor y a Rutilio le correspondió ser el menor. Fue bautizado por el Padre Miguel Villavicencio, cura párroco de Guazapa a cuya jurisdicción pertenecía El Paisnal4, el 29 de noviembre de 1928. La crisis familiar vivida en el seno del hogar Grande García fue provocada por la separación de sus padres por motivos desconocidos. La madre de Rutilio continuó su vida en El Paisnal y sin convivir formalmente con otro señor tuvo una hija a quien llamó Cristina. Frente a la disolución del hogar fue Flavio, el mayor de los hijos del matrimonio, quien asumió la jefatura del hogar.
Después de la separación de sus padres, Rutilio quedó al cuidado de su abuela Francisca, la que, según sus palabras fue una segunda madre, ya que no conoció a mamá . De acuerdo con su testimonio, la abuela era una mujer muy religiosa, o “rezadora”, en lenguaje popular. A ella le atribuyó los fundamentos de su piedad y de su vocación sacerdotal. Ella le enseñó a rezar al levantarse y antes de acostarse. Los dos rezaban juntos el rosario por la noche. A los siete años, Rutilio ya sabía bien las oraciones de la abuela y estaba familiarizado con el culto, porque ella era la encargada de la limpieza del templo de El Paisnal y él la acompañaba en sus tareas.
Rutilio inició sus estudios de primaria en la escuela pública de El Paisnal6. En la escuela, tenía un carácter bastante retraído, no era como los demás niños que corrían y saltaban y hacían mucho ruido. De costumbre, Rutilio permanecía casi siempre en el aula, a la hora del recreo .
La vocación al sacerdocio se despierta en Rutilio con ocasión de un encuentro que tuvo en su parroquia con el Arzobispo Monseñor Luis Chávez González. Desde el primer encuentro con este Arzobispo nació en Rutilio una íntima amistad con él y un cariño que perduraría para toda la vida. A pesar de ciertas dificultades económicas, Rutilio logró el sueño de su vida: “entrar al Seminario”. Sueño que se realizó en 1941. A este propósito, le escribía el Padre Rector lo siguiente: “Mi querido Rutilio: Por fin te puedo comunicar que, hablando tu asunto de entrada al Seminario con el Señor Arzobispo ha tenido a bien S.E. admitirte ya para este año”.
Su estudio y formación para el sacerdocio
Rutilio inició sus estudios de secundaria en el Seminario Central San José de la Montaña de San Salvador en el año de 1941. Los sacerdotes de la Compañía de Jesús eran los encargados de la formación de los seminaristas en el seminario Central. En estos recintos de formación y de estudio, Rutilio conoció más de cerca, a muy temprana edad y en persona, al Arzobispo Metropolitano, Monseñor Luis Chávez y González . Fue él quien le facilitó los recursos para que estudiara en el Seminario, pero ya antes de que ingresara al seminario le daba consejos como el siguiente: “Procura, durante este año, no perder los días de clase en la escuela y debes de dar mucha importancia a la lectura, escritura, aritmética y gramática, que te den clases especiales de estas últimas materias. Si algún día puedes venir por aquí con tu papa y tu abuelita, te agradeceré muchísimo que vengas al Palacio Arzobispal para que arreglemos las cosas definitivamente”
La vida en el seminario no era muy complicada, prácticamente se estructuraba dentro de tres tareas vitales: la oración, el estudio y la disciplina . Cada jornada estaba organizada para favorecer el estudio. Los ejercicios espirituales ignacianos le hicieron mucho bien para su vida espiritual.
Su carácter no lo limitó en sus buenas relaciones con los compañeros de Seminario, tampoco los deficientes estudios primarios dificultaron sus estudios superiores. Su promedio de notas era muy aceptable, como el de la mayoría de los alumnos entre los cuales se encontraban entre otros Teodoro Alvarenga, Raúl Angulo, Cristóbal Cortez, Salvador Bautista, Manuel Cevallos, Alejandro Duarte para mencionar algunos . Con ellos compartió Rutilio los primeros años de Seminario. Todo con normalidad. Más adelante, Rutilio daría un giro muy importante en su vida, al pedir permiso a su querido amigo el Arzobispo Chávez y González, para ingresar en las filas de la Compañía de Jesús. Rutilio sentía vocación para ser jesuita. Sentía vocación para ser misionero, si posible, ir a misionar a China o a tierras lejanas de infieles.
Su sacerdocio
Ingreso a la compañia de Jesús
En una carta fechada del 5 de septiembre de 1945, y dirigida al Padre Rector Agustín Bariain, se le informa que ha sido aceptada la solicitud del joven Rutilio Grande para ingresar a la Compañía de Jesús: “Con instrucciones del Ilmo. Señor Provisor, tengo el honor de adjuntarle las originales del Expediente de Ingreso a la Compañía de Jesús del joven don Rutilio Grande, suplicándole la devolución del expediente a esta secretaria ”.
Su vida con los jesuitas da inicio en el noviciado en Caracas, Venezuela. Como era menor de edad y debía viajar al extranjero su padre le extendió la autorización para tal fin: “Por la presente declaración hago constar que autorizo a mi hijo Rutilio Grande García a fin de que pueda dirigirse a Venezuela para continuar sus estudios ” Certificaba esa declaración el alcalde municipal de El Paisnal.
Los primeros votos de vida religiosa con los jesuitas, los profesa Rutilio en Los Chorros, Venezuela, el 24 de septiembre de 1947, siendo maestro de novicios el Padre Vicente Pardo. Sus deseos de ser misionero empezaron a realizarse, cuando fue trasladado a Ecuador, tal como lo afirmo en una carta escrita de su puño y letra y enviada a su superior, que decía así: “Le presento Padre, mi suplica de la misión de China. Mis ideales no son otros que: 1) dar mi vida por completo al Señor, sacrificando toda afición terrena, como patria, etc. 2) dedicarme al apostolado directo con esos infieles.”
Llegó a Quito, Ecuador, para continuar sus estudios de humanidades en el Colegio Loyola donde obtuvo el título de Bachiller en Humanidades Clásicas, el 25 de marzo de 1950 . Después fue transferido al Colegio Javier, en Panamá, donde fungió como subprefecto e impartió algunas materias como Castellano y Gramática, por instrucciones del Rector de dicho colegio, el Padre Florentino Idoate.
En 1951 fue trasladado a su país natal y después de pasar algunos días a Santa Tecla llegó a su destino final que era el Seminario San José de la Montaña en San Salvador, en donde desempeñó el cargo de Subprefecto de Gramática e impartió clases de materias sociales y letras . El ambiente del Seminario le ayudó mucho, no solamente en la parte física sino también en su estado de ánimo, según se expresó él mismo: “según recuerdo, le dije a V.R. que todo esto de inspecciones, clases, trato con los seminaristas, me ayuda mucho para la salud, como lo he notado desde que pase de Santa Tecla al seminario”.
Después de pasar un par de años en el Seminario San José de la Montaña, fue destinado a continuar sus estudios de filosofía en España en la ciudad de Oña en el año de 195320. Aquí permaneció tres años que fueron de intensa actividad académica, tan así que le quedaba poco tiempo para mantener correspondencia con su familia. A pesar de lo cargado de sus actividades diarias, en cierta ocasión le escribe a su hermano Flavio acerca de la vida que lleva en el Colegio Máximo en Oña y de su buen estado de ánimo: “Podéis estar tranquilos por mi salud, pues a Dios gracias, me encuentro perfectamente, robusto y sano. Todo lo de por aquí me ha caído perfectamente. Pedid al Señor me conceda el tener siempre fuerzas suficientes para poder llevar muy bien mis estudios” . Terminados los tres primeros años, quedaba el dilema en qué lugar estudiaría la teología. Rutilio proponía a su vice provincial tres supuestos destinos; en Estados Unidos, en otro Colegio Máximo, siempre en España, o continuar sus estudios ahí mismo en Oña.
Los superiores del Padre Rutilio se dieron cuenta de que el joven estudiante estaba muy bien en Oña, razón por la que optaron por dejarlo allí para terminar la última etapa de su formación. En este periodo de su vida, Rutilio fue objeto de una experiencia de purificación. Muchos escrúpulos asediaron la firmeza de su vocación. En una carta a quien fue su Padre espiritual en Oña, le escribía: “Usted recordara, Padre, como me encontraba cuando me ordene, a finales del mes de julio del año 1959. El estado de mi sistema nervioso era deplorable y yo hubiera querido diferir por algún tiempo la recepción de las Ordenes Mayores. Me atormentaba tremendamente la idea de acercarme a recibir dichas Ordenes Mayores estando en dudas acerca de la validez de las Ordenes Menores recibidas”.
Los superiores en lugar de excluirlo del Seminario o marginarlo, lo animaron para que disipara todas las dudas que él tenía. Fue así como recibe las Ordenes Sagradas de parte del obispo auxiliar de Burgos, Monseñor Demetrio Mansilla, el 30 de julio de 1959 . Su estado de ánimo cambia grandemente a causa de la ordenación, así se lo hace ver a su familia cuando les envía una emotiva carta contándoles cómo vivió ese momento y todo lo que aconteció después de recibir las ordenes: “No os podéis imaginar el estado de mi alma en aquellos dichosos momentos. Era un sentir el abrazo estrecho de Cristo, abrazo íntimo, esperado hacía ya tantos años. Desde esa cumbre sagrada del Sacerdocio he visto en un instante y a vuelo de pájaro todos los años transcurridos desde que, siendo niño, tuve deseos de ser sacerdote” .
Concluidos sus estudios en Oña, permaneció en esta ciudad un año más para concluir sus estudios en Teología. Terminado su tiempo en Oña, trasladado nuevamente a su país natal, y destinado al Seminario San José de la Montaña por un periodo de dos años, donde desempeña las funciones de profesor de latín, Historia de América y también se hace cargo de la prefectura de disciplina.
Fue, además, consultor de la comunidad del Seminario. En este periodo sufre nuevas recaídas en su salud, pero desempeña su trabajo con mucha responsabilidad y esmero. Es sometido a evaluación por sus superiores para certificar que está listo para hacer su Tercera Probación.
Su servicio en el seminario
En septiembre de 1962, Rutilio hizo su Tercera Probación bajo la dirección del padre Francisco Cuenca, en el Colegio San Francisco Borja, en Córdova, España . Después, continuó sus estudios de especialización de Pastoral en el Instituto Lumen Vitae en Bruselas, Bélgica, en donde permaneció hasta 1964 . En agosto de este año hizo sus últimos votos. De regreso a El Salvador, fue destinado al Seminario San José de la Montaña donde desempeñó el cargo de Prefecto de disciplina y profesor de Teología Pastoral, además de director del trabajo pastoral de los seminaristas.
En lo pastoral, el padre Rutilio fue un innovador, siempre con su deseo de aplicar el Concilio Vaticano a nuestra realidad. Estaba convencido que los seminaristas debían hacer su trabajo pastoral en la parroquia para que ellos vieran la realidad y crear en ellos la sensibilidad social además de la humana. Rompía con esto el esquema tradicional por el cual el seminarista debía pasar todo su tiempo de formación en el Seminario, alejado del mundo y de los pecados, para cuando saliera, poder enfrentarse a ellos. Gracias al cambio introducido por padre Rutilo apoyándose en el Padre Ladislao Segura, se hicieron famosas las “misiones”, experiencia por la cual ponía en movimiento a todos los seminaristas enviándolos a los pueblos y cantones para que aprendieran a tener contacto con la gente y conocieran de primera mano la realidad del país. Padre Rutilio inició la experiencia de la “misión” pastoral en Quezaltepeque, del 12 al 24 de enero de 1965.
Además de la misión, el padre Rutilio tenía otras inquietudes pastorales, no tanto para realizarlas en con los seminaristas, sino directamente con la gente, en los pueblos, cantones, planicies y collados. Él pensaba que no convenía para su persona refugiarse en el anonimato del Seminario, mientras brindaba este servicio a la Iglesia, llevando una vida tranquila y sin complicaciones como profesor.
En el periodo de su servicio en el Seminario, tuvo dos experiencias que marcaron su vida. Por una parte, las continuas fricciones humanas que tenía con el Rector del Seminario en turno; y, por otra, el rechazo de su candidatura como rector del Seminario. No tardó en escribirle a su Padre Provincial para pedirle que lo dispensara de sus obligaciones académicas , inclusive de ser profesor. Rutilio pensaba que ya había dado todo lo que tenía que dar en ese centro de estudios. Su salida sin embargo no fue una derrota sino una preparación para lo que viviría más adelante.
Efectivamente, sale del seminario, pero no realiza su deseo de estar en la pastoral con la gente, fue destinado más bien, a dar clases en el Colegio Externado de San José, administrado por la Compañía de Jesús, en donde ocupó el cargo de Prefecto de disciplina y estudios en secundaria, durante el periodo de 1971 . En este tránsito por el Colegio Externado, Rutilio experimentó una vez más la frustración de ser educador en un centro disciplinario, cuando en realidad él quería dar su servicio en una realidad más vivencial, cerca del pueblo campesino. Su estadía en el Colegio Externado fue pasajera. Poco tiempo transcurrió y fue removido.
Estudios especializados y experiencias pastorales “pilotos”
En 1972 fue destinado a ir a estudiar pastoral en el IPLA (Instituto de Pastoral Latino Americano) . Con esta experiencia se le amplió grandemente el horizonte en los temas de pastoral, teniendo mucho interés en aplicar lo aprendido a la realidad de su país, que es muy similar a la realidad del resto de Latinoamérica. Su entusiasmo se refleja en la siguiente carta dirigida a su superior: “Yo por aquí ciertamente estoy muy contento con este curso y opino que deberías ir mandando poco a poco a gente de la Vice., incluidos a los que se encuentran en Colegios, pues les será sumamente provechoso. Es un renovar totalmente las estructuras mentales”.
Al finalizar sus estudios de pastoral en el IPLA, de regreso a San Salvador, el 24 de septiembre de 1972, fue nombrado Párroco de la Parroquia El Señor de las Misericordias en Aguilares, sitio muy cercano al Paisnal, cantón en donde él nació y creció. En este sitio puso en práctica todos los conocimientos adquiridos durante los años de estudio, además aprendió mucho de la cruda realidad del ambiente en donde llevó a cabo su misión. “La situación general de los habitantes de los cantones de la parroquia era deplorable por no decir sencillamente miserable. La situación era inestable. El índice de natalidad muy alto como lo era el de mortalidad infantil y el de los hogares deshechos. La vivienda era escasa, poco higiénica y, en una palabra, miserable como la vida misma. La falta de luz eléctrica, de servicios de aguas y letrinas daba a los cantones un aspecto primitivo” . Rutilio fue pescador experimentado, pescó hombres para el sacerdocio mientras estuvo en el Seminario; y tomada la posesión de su parroquia, pescó hombres y mujeres que se convertirían en sal y levadura del pueblo salvadoreño.
En ningún momento como Párroco, el Siervo de Dios, actuó a título personal. Al revisar los Principios que inspiraban al Equipo Misionero de Aguilares se comprende el Padre Rutilio se sabía enviado por Jesucristo Nuestro Señor: “Somos misioneros para la comunidad; es decir enviados…, según el mandato de Jesús a sus apóstoles: Vayan y anuncien el Evangelios a todas las gentes”.
Por aquellos días, acusaciones, imputaciones e inventivas contra al Padre Rutilio, sobraban. La intención era justificar su asesinato al que se trató de colorear con tintes de ideología. La queja del Padre Ignacio Ellacuría S. J., al respecto, resulta ahora muy clara: “Ya se sabe el pretexto: son comunistas que están soliviantando al campesinado contra los terratenientes. Y no era así”38. Tal y como se explicita en un clásico documento: “Los militares y la oligarquía enloquecieron…, vieron un enemigo comunista hasta en sus escobas y en casi cada ciudadano” . El Padre Rutilio no apoyó jamás ideología alguna. Prueba de ello son los Principios ya citados: “No tenemos nada que ver con agrupaciones políticas de ninguna clase o partido…, nuestra única política es la de ser anunciadores del Evangelio” . Su meta -como él la llama- era realizar al lado de su rebaño “una comunidad de hermanos, comprometidos a construir un mundo nuevo, sin opresores ni oprimidos, según el plan de Dios”41. No era ideología ni utopía del mundo. Era identificarse con la visión de Cristo sobre el Reino: “Miren, el Reino de Dios está entre ustedes” (Lu 17, 21). ¿Dónde estaban los vulgares partidarismos o las nocivas ideologizaciones del Padre Rutilio Grande S.J.? ¿No serían otras las verdaderas razones que provocaron el odio contra él?.
El Siervo de Dios, estableció junto a su equipo misionero, como meta Pastoral , la Evangelización al estilo jesuánico de los Santos Evangelios: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4, 18-30). Esta Evangelización del Padre Rutilio, como en la sinagoga de Nazaret, tan pronto encendió encontró rechazo.
El Padre Rutilio y su equipo misionero se propusieron: Crear una Iglesia de comunidades vivas de hombres nuevos, agentes de pastoral conscientes de su vocación humana que se conviertan en gestores, según los lineamientos del Vaticano II y de Medellín…, animarlos a ser co-creadores de una comunidad dinámica, profética y descentralizada, para que lleguen a una promoción que vaya detectando agentes de cambio, hombres y mujeres claves, agentes multiplicadores de pastoral” . Lo importante es que, con el anuncio de la Buena Nueva, liberó a quienes estaban oprimidos ya fuere por el pecado personal; o bien, por las cadenas de la injusticia. Sin aplicar ideología alguna, les enseñó que, la convivencia fraterna y la solidaridad pueden hacer presente el Rino en este mundo. En este intento, como humanidad nueva y redimida los animó a tomar la historia en sus manos para transformarla, humanizarla y; por supuesto, cristianizarla.
La alegría inundaba el corazón del Padre Rutilio al ver los frutos del anuncio; sin escapar de sus sagaces ojos de buen pastor, el dolor que provocaba el anuncio, en las heridas de las ovejas descarriadas al tratar de curarlas con el ungüento de la Palabra: “Para unos será Buena Nueva; para otros, puño de sal que arde en gangrena abierta, pero que les puede sanar” . Su motivación era encontrar y sanar a esas ovejas. La denuncia del pecado era la forma de llamarles a la conversión, era la forma de botarles las escamas de los ojos para que vieran con los ojos de Cristo. Con tan sano objetivo denunció el anti reino; la incoherencia entre fe y vida; el desinterés por Cristo al mostrar desinterés por el hermano y la hermana; el individualismo; la avaricia; la idolatría del poder y del dinero. Denunció porque era un buen pastor en búsqueda de la salvación de pobres y ricos, sin excepción. Los poderosos no comprendieron que la Palabra quema porque es fuego que acrisola.
Ni su anuncio ni su denuncia hubiera tenido tanto efecto si el Padre Rutilio no se hubiera encarnado en la realidad de su Parroquia y de su país. Era una de sus aspiraciones: “Partir de la realidad para concientizarnos primero nosotros, por una sensibilización y toma de conciencia de su mundo que nos llevará a encararnos y a identificarnos con sus problemas. No instrumentalizar su religiosidad…” . Reconocía las duras condiciones de vida de sus ovejas matizada con la vida apoltronada de las ovejas más gordas del rebaño: “Los que tienen voz, pisto y poder se organizan y disponen de todos los medios a su alcance…” . Vivir con los pobres le llevó a comprender la realidad de dolor. No elogió ni sublimó esa miseria indigna de todo ser humano. Luchó por cambiarla animando a sus ovejas a tomar las riendas de su vida porque esa pobreza no es querida por Dios. La pobreza en esos términos roba la dignidad de hijos de Dios.
Según testimonio de la niña Tinita de Aguilares, el Padre Rutilio Grande siempre llevaba junto a él una hostia. Al preguntarle la razón, nos cuenta, que respondió: “Porque cuando me maten, porque estoy amenazado, le pido al Señor que me de licencia para morir con ella en la boca” . Su deseo no fue cumplido a la hora del martirio. No tomó el Cuerpo de Cristo en ese instante; sino que su cuerpo entero se convirtió en una hostia consagrada en manos de Cristo. Hostia elevada en manos del Sumo Sacerdote y presentada en el altar de Dios.
La pasión del Siervo de Dios comenzó años antes de su martirio; e incluso, antes de su llegada a El Paisnal. Intentando hacer la voluntad de Dios, encontraba a su paso incomprensiones y rechazo. Sus homilías eran consideradas de alta peligrosidad. Subvertían, en opinión de sus asesinos, el orden; o sea, el orden social, político y económico que habían construido a su alrededor para defender sus intereses de clase. La verdad es que tenían oídos, pero no oían; y ojos, pero no veían. No entendieron que su malestar era provocado por la divina Palabra que el Padre Rutilio predicaba. Palabra que les cuestionaba sus comportamiento injusto, egoísta y violento para con los pobres de este país; cuestionaba su falta de coherencia entre fe y vida; cuestionaba su actitud de encubrir la verdad con la mentira y la impunidad; cuestionaba su afanoso trabajo en pro del lucro personal olvidando el bien común de la nación; cuestionaba su fin último ante Dios. Se sentían amenazados por las palabras del Evangelio. El Siervo de Dios acabó siendo acusado como Jesús ante Pilato.
En San Salvador, donde todo comenzó, pronunció la primera de esas homilías que originaron su pasión. El 6 de agosto de 1970, con ocasión de la Solemnidad de la Transfiguración del Señor en la Catedral y en un contexto de reforma agraria vacilante, el Padre Rutilio S. J., después de presentar a Jesucristo como mediador ante Dios; Palabra de Dios hecha carne; y nuestro libertador, concluyó animando a los Obispo y Gobernantes dela nación, “a ver con los ojos de Cristo”, la realidad que podría ser transformada con firme voluntad política; y por supuesto con la guía de la Iglesia: “La Iglesia dentro de su esfera y el Gobierno en la suya propia; con el mutuo respeto dentro de sus ámbitos legítimos, han de colaborar eficazmente, audazmente y urgentemente a fin de propiciar leyes justas, honestas y convenientes, según lo exige la soberanía del pueblo en el artículo 1 de nuestra Constitución. ¿Cuál es ese pueblo soberano? ¿La gran mayoría o la pequeña minoría? ¿Cuál de los dos es realmente alienado en esta nación? La Iglesia y el Gobierno han de colaborar eficazmente, audazmente y urgentemente para transformar al pueblo salvadoreño que vive en los valles, juntos a los hermosos lagos, junto al río Lempa, a la orilla de los cafetales y cañales en flor, en las faldas de nuestros montes y volcanes, en los pueblitos y caseríos y en las grandes y explosivas concentraciones urbanas y junto a los grandes latifundios… y solamente entonces, Cristo Salvador Transfigurado, será realmente nuestro Patrono, al estar transfigurados todos nosotros, los bautizados en su nombre, por haber sido fieles al mandato del Padre, según lo hemos escuchado en el Evangelio de este día: Este es mi Hijo muy amado, escuchas y poned por obra su mensaje”.
Su homilía no agradó a los Caínes. Sólo consiguió levantar sospechas y resquemores. Un mensaje preparado en aras a mejorar las condiciones de vida de un pueblo que, se debatía entre la miseria y la falta de libertad, era usado en su contra sin percatarse de su alto sentido evangélico. No importaba que lo explicara de varias formas. Siempre eran tergiversadas. Un claro ejemplo de esto es su homilía del 16 de septiembre de 1973, pronunciada en Aguilares en ocasión de celebrar la Independencia, sobre el buen samaritano. En la interpretación del pasaje lucano, similar a Jesús, utilizó una Figuera “marginada, despreciable” desde la óptica civilpolítica; y contraria a Dios, desde la óptica religiosa: “Un hombre a quien llamaban “comunista” en la región acertó a pasar por aquel sitio de la Troncal y al verlo sintió compasión. Entonces se acercó al hombre, le curó las heridas lo mejor que pudo y le puso vendas. Luego lo subió a su propio carro, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó ahí. Al día siguiente, cuando el hombre a quien llamaban “comunista” se iba, sacó algunos dineros y los dio al dueño del alojamiento y le dijo: “Cuida a este hombre, y si gastas algo más, te lo pagaré cuando yo vuelva”. Pues bien ¿cuál de estos personajes te parece que fue el prójimo del hombre que fue asaltado por los ladrones? El católico salvadoreño dijo: el que tuvo compasión del él. Entonces Jesús le dijo: Anda y haz tú lo mismo.”.
El Padre Rutilio, al aplicar la parábola a la realidad salvadoreña, no veía a un solo hombre herido. El herido era el pueblo completo: “Al pueblo lo dejan todos atrás, tendido en el camino, moribundo y sin voz. Dejemos de hablar tanto del pueblo y demostremos realmente con hechos que tenemos amor a Dios y al pueblo, ya que eso es tener fe en Dios y su imagen, el hombre” . El Siervo de Dios amaba al pueblo y deseaba lo mejor…, quiso el Siervo de Dios demostrar que el buen samaritano no se conformó con acercarse al herido. Lo recogió, lo cargó, lo llevó a lugar seguro devolviéndole la posibilidad de recuperar su salud, y con ello, la vida.
La compasión del Padre Rutilio no se detenía ante nada. En Apopa, el 13 de febrero de 1977, pronunció una homilía en solidaridad con al Padre Mario Bernal que acababa de ser expulsado del país aclarando que, no se trataba de un mitin ni mucho menos de una marcha violenta. Era una manifestación de fe en la que clarividentemente habló del sello martirial de la Iglesia salvadoreña en aggiornamento y del amor que le caracterizaba: “El símbolo de una mesa compartida, con el taburete para cada uno y con manteles largos para todos. El símbolo de la Creación, y para eso hace falta la redención. ¡Ya está sellándose con el martirio!… No veníamos aquí con machetes. NO es esta nuestra violencia. La violencia está en la Palabra de Dios, que nos violenta a nosotros y que violenta a la sociedad y que nos une y nos congrega, aunque nos apaleen. Por lo tanto, el código se resume, en una palabra: Amor: contra el antiamor, contra el pecado, contra la injusticia, contra la dominación de los hombres, contra la destrucción de la fraternidad”.
En estas homilías se descubre a un Rutilio plenamente identificado con Jesús. Veía con los ojos de Cristo; juzgaba la realidad a la luz de la Palabra, Tradición y Magisterio; y, actuaba como Cristo lo hubiera hecho; es decir, con misericordia, anunciando la Buena Nueva y denunciando el pecado. Un ver, juzgar y actuar que le llevó a padecer incomprensiones, intolerancias, acusaciones, burlas, persecución de espías, entre otras más. Sufrimientos de los cuales siempre estuvo consciente: “Es peligroso ser cristiano en nuestro país. ¡Prácticamente es ilegal ser cristiano cabal en nuestro medio! ¿Por qué? Porque estamos basados en un orden establecido ante el cual la mera proclamación del Evangelio resulta subversiva. ¿Cómo no va a arder que les descubran la maldad?” . Sabía que su pasión en los Olivos tenía su final: El asesinato, que nosotros agradecidos por su testimonio llamamos hoy: Muerte martirial.
En una carta personal del 9 de abril de 1974, Rutilio explica la situación del área rural en donde le ha tocado acompañar a una comunidad, geográficamente lejana de la parroquia, para celebrar la Semana Santa. En ella también se refiere a la persecución que sufre la Iglesia por presentar un evangelio liberador que busca el bien común de todos: “Todas estas humildes gentes son las tributarias de Aguilares y de El Paisnal, en lo comercial y en lo político. Para allá salen en caravana y de aquí salen también grandes caravanas para trabajar en las llanuras ricas en caña, donde dejan el sudor de su trabajo, su vida y su salud, por ganar unos pinches centavos, mientras los dueños de tales grandísimas propiedades van colocando sus grandes cantidades de dinero en los bancos de dentro y fuera del país. Todos esos cacicones están alebrestados con el anuncio del evangelio que exige fraternidad, igualdad y amor entre los hombres todos, que son los poseedores de la tierra entera”.
Pero los ataques de los medios de comunicación a la Iglesia comprometida en mejorar la situación humana y social de los pobres, era obvia, como lo evidenciaban comunicados y panfletos publicados diariamente por la prensa al servicio de los poderes. He aquí un ejemplo:
“y estos prelados que nada tienen de cristianos se han dedicado al asalto de ciudades, como ocurrió en Quezaltepeque, Suchitoto, Aguilares y Cinquera, etc., y a la sombra de odio y rencor, como lo pregonan en sus hojas sueltas que profusamente circulan por la campiña salvadoreña y empujan a nuestro país a la destrucción”.
Como lo explica en la carta del 9 de abril de 1974, antes citada, en este tiempo la persona del Padre Rutilio fue dañada por una serie de calumnias y malentendidos que afectaron su estado de ánimo. Esto no fue motivo, sin embargo, para cejar de su propósito de promover la sociedad hacia un país más justo en favor de los más desposeídos. La situación política era muy tensa, siempre había grupos extremos que defendían sus intereses. Rutilio en medio de esta vorágine supo mantenerse fiel al evangelio de Jesucristo y en más de una ocasión ofreció su vida para la conversión de aquellos que lo criticaban o no pensaban como el, más aún, por aquellos que explotaban a los más indefensos.
Padre Rutilio trabajó arduamente no sólo para llevar el Evangelio a los pobres, los cuales tenían una gran sed de la Palabra de Dios, sino también para despertar la conciencia social en ellos, ayudando a los que ya estaban organizados en cooperativas a adquirir una conciencia cristiana de su compromiso y para que este compromiso fuera más evangélico; ayudando también, en el trabajo tecnificado del campo. Padre Rutilio aplicó una pastoral apegada a la realidad y a los tiempos, con el afán de llevar a cabo e implementar la doctrina del Concilio Vaticano II.
Su muerte martirial
El Padre Rutilio era muy estimado no sólo por la gente que le tenía un profundo cariño, sino también por sus compañeros sacerdotes y por su obispo. Como era de esperarse, y sabiendo su compromiso evangelizador con los campesinos, tenía también enemigos. Esto quedó claramente evidenciado cuando le ocasionaron una muerte criminal y sangrienta.
Corría el año de 1977. Se celebraba la novena en honor a San José, en El Paisnal. El padre Rutilo fue invitado a presidir una de estas Eucaristías. Fue el sábado 12 de marzo. Camino al Paisnal, por la calle que une este cantón con Aguilares, Padre Rutilio se hizo acompañar del señor Manuel Solórzano y del niño Nelson Rutilio Lemus, además de otros dos niños que los acompañaban.
Casi a la mitad de camino, lo estaban esperando unos hombres fuertemente armados y apostados a ambos lados de la carretera. Cuando el vehículo en que se conducía el Padre Rutilio Grande llegó a la altura del cantón Los Mangos, los asesinos abrieron fuego contra el vehículo donde se conducían el padre Grande y sus compañeros, causándoles la muerte. Eran las diecisiete horas con cuarenta y cinco minutos. Todos ellos murieron a consecuencia de las lesiones sufridas. Fueron cerca de 12 impactos de bala, que perforaron diferentes partes del cuerpo del Padre Rutilio. Así fue crucificado este hombre de Dios, cerca del lugar que lo vio nacer, dando testimonio de su amor a los pobres, a Jesucristo y a su Iglesia.
El Padre Rodolfo Cardenal S. J., relata en la biografía del Siervo de Dios que poco antes de morir, este dijo en voz baja: “Debemos hacer lo que Dios quiere” . El perdón a sus asesinos lo había dado tiempo antes de morir: “El odio no cabe en un cristiano. Aunque nos apaleen y nos quiten la vida tenemos que seguir amando y perdonando. Así nos enseñó Jesús ¿verdad?¡Padre, perdónales, sepan o no sepan lo que hacen!!.
En la noche, su cuerpo fue lavado y vestido junto a sus dos hermanos de martirio. Mons. Romero pidió que los tres fueran trasladados a Catedral Metropolitana donde se celebraría una misa de cuerpo presente. Presidió la misa Mons. Luis Chávez y González; y junto a él Mons. Romero y Mons. Arturo Rivera y Damas, acompañados de muchos sacerdotes. Posteriormente sus cuerpos fueron colocados al interior del templo de El Paisnal. Murieron víctimas del pecado de idolatría al poder, a la riqueza y la autocomplacencia practicada por un reducido grupo de la élite política y empresarial del país, que no resistió oír el anuncio de la Buena Nueva que auguraba la llegada del Reino. A cuarenta y un años de su muerte martirial nos sentimos invitados a pronunciar las palabras del Padre Rutilio Grande S. J.: “Debemos hacer lo que Dios quiere”.

